El capitalismo de la fragmentación y el ascenso del tecnofeudalismo: UN MUNDO CONTROLADO POR LAS ÉLITES TECNOLÓGICAS
La creencia generalizada de que el dinero y la tecnología resolverán los problemas de la humanidad no es más que un espejismo distópico. Bajo la promesa de un futuro liberador, se esconde una trampa: la dependencia absoluta a plataformas digitales y sistemas financieros diseñados para concentrar poder. Las élites, al monopolizar los procesos productivos y la infraestructura tecnológica, convierten a las poblaciones —en especial a las más vulnerables— en engranajes de una maquinaria cuyo rédito solo beneficia a quienes ostentan el control. Así, las multinacionales emergen como los nuevos señores feudales de la era digital, extrayendo datos y plusvalía mientras erosionan la soberanía colectiva. Lo que se vende como progreso no es sino una servidumbre encubierta, donde la libertad individual se sacrifica en el altar del lucro corporativo.
En “El capitalismo de la fragmentación: El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia”, el historiador Quinn Slobodian desentraña este fenómeno: un proyecto geopolítico orquestado por corporaciones para desmantelar los Estados-nación, evadir marcos regulatorios y transferir el poder a entidades privadas. Esta visión, nutrida por el neoliberalismo más radical, se materializa en figuras como Elon Musk, cuyos emprendimientos encarnan la fusión entre tecnología, capital y desregulación. Paralelamente, las élites aceleran la apropiación de recursos naturales críticos, conscientes de que su control es indispensable para sostener no sólo la supremacía tecnológica, sino también un sistema financiero globalizado que prioriza el beneficio privado sobre el bien común.
En un contexto global de recursos naturales y energéticos menguantes, la obsesión por asegurar materias primas estratégicas redefine el imperialismo del siglo XXI. Estados Unidos, por ejemplo, ha intensificado su interés en los minerales de Ucrania y Groenlandia, cuya riqueza en tierras raras despierta intereses expansionistas por parte del gobierno de Trump. Estos movimientos no responden a un afán de innovación, sino a una geopolítica del extractivismo: la alta tecnología requiere litio, cobalto y energía en escalas colosales, y quien controle estos insumos dominará la infraestructura del futuro. Bajo el paraguas del “tecnosolucionismo”, se justifica esta carrera como un mal necesario, ignorando que su costo real es la perpetuación de un sistema que explota personas y ecosistemas por igual. La paradoja es letal: la promesa de un mundo salvado por la tecnología consolida uno donde la humanidad sirve a sus propios verdugos.
La agenda de la ultraderecha y el tecnosolucionismo
El resurgimiento global de la ultraderecha, aliada a figuras como el presidente estadounidense Donald Trump —cuyo discurso se reduce a la idolatría del poder económico y la sumisión a quienes lo ostentan—, se inserta en este esquema de dominación corporativa. Aunque estos movimientos se autoproclaman defensores de la soberanía nacional, operan en sintonía con agendas desreguladoras que privatizan bienes públicos y debilitan los marcos democráticos. Como señala Quinn Slobodian[1], teóricos como Peter Thiel, fundador de PayPal y arquitecto ideológico de la “globalización acelerada por la tecnología”, han moldeado a una generación de magnates, propietarios y gerentes de las grandes multinacionales tecnológicas, para quienes la democracia es un lastre que frena la acumulación de capital. Su ideal: un mundo donde el mercado, libre de ataduras políticas, redefina las reglas del poder.
Esta convergencia entre ultraderecha y tecnosolucionismo no es fortuita. Los líderes neofascistas aprovechan la retórica de la “innovación salvadora” para legitimar el despojo sistemático de recursos y la reestructuración jerárquica de la sociedad. Un claro ejemplo de esta dinámica es el actual mandato de Trump, que condiciona el apoyo militar a Ucrania al acceso a sus reservas minerales, reduciendo la geopolítica a un trueque entre armamento y materias primas. Bajo este paradigma, las poblaciones marginadas —desde los mineros congoleños hasta los trabajadores de plataformas digitales— se transforman en siervos involuntarios de un feudalismo 2.0, en el que los datos y los minerales sustituyen a la tierra como principal fuente de explotación.
Thiel, pionero en teorizar la fusión entre tecnología y autoritarismo mercantil, imaginó un capitalismo sin Estados, donde algoritmos y criptomonedas reemplacen la gobernanza colectiva. Musk, por su parte, criado bajo el apartheid sudafricano, proyecta una visión aún más cruda: enclaves para élites autosuficientes, segregadas de una mayoría desechable. Proyectos como Neuralink o Starlink no son meros avances técnicos, sino herramientas para institucionalizar un apartheid tecnocrático. En esta visión, la desigualdad no es un error a corregir, sino un diseño esencial: la eficiencia del mercado exige sacrificar derechos en nombre del progreso, mientras el poder se concentra en manos de una oligarquía que ve a la humanidad como un recurso más, no como un fin.
El mito del tecnosolucionismo y la explotación oculta
El tecnosolucionismo —esa fe casi religiosa en que algoritmos, chips y promesas de Silicon Valley resolverán crisis climáticas, hambrunas y guerras— no es simplemente una narrativa ingenua, sino un espejismo que oculta complejas cadenas de explotación global. Antonio Casilli, sociólogo crítico del trabajo digital, también desmonta este mito recordándonos que detrás de cada smartphone o inteligencia artificial se esconde una constelación de sufrimiento humano: mineros en el Congo explotados por la extracción de coltán, obreros en fábricas asiáticas sometidos a jornadas inhumanas y moderadores de contenido en el Sur Global que sufren traumas por filtrar violencia a cambio de escasos dólares diarios. La automatización, lejos de ser sinónimo de liberación, es apenas la punta de un iceberg conformado por redes de extracción colonial y mano de obra precarizada.
Las élites tecnológicas, lejos de creer en su propia retórica altruista, operan con un pragmatismo despiadado donde el control de los recursos estratégicos es la máxima prioridad. Estados Unidos, actuando como el brazo armado del capitalismo digital, personifica esta lógica. En su primer discurso ante el Congreso durante su segundo mandato, el 4 de marzo de 2025, Trump reiteró su interés por las tierras raras de Groenlandia —elementos esenciales para la fabricación de vehículos eléctricos y sistemas de defensa inteligentes—, afirmando que su anexión al territorio estadounidense ocurrirá “de un modo u otro”. Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania ha revelado el creciente apetito por sus yacimientos de litio y cobalto, presentados como parte de un “intercambio estratégico” a cambio de apoyo militar para defenderse de Rusia.
Este no es un simple enfrentamiento geopolítico, sino una batalla por la supremacía en la nueva geoeconomía digital. Para sostener a gigantes como Tesla o Amazon —cuyo consumo electrónico y energético supera al de naciones medianas—, es imperativo monopolizar minerales y territorios. Y la estrategia no se limita a la extracción: ahora las corporaciones construyen sus propias centrales nucleares, privatizando incluso la energía que alimenta sus centros de datos. El mensaje es claro: el futuro no será democratizado, sino cercado y controlado.
Tecnofeudalismo: La nueva servidumbre digital
El economista Yanis Varoufakis acuñó el término tecnofeudalismo para definir un orden donde gigantes como Meta/Facebook o Google funcionan como señores medievales de lo digital: monopolizan datos, plataformas y atención, mientras usuarios y trabajadores de la economía gig —convertidos en siervos sin tierra ni derechos— “arran” campos virtuales. Su labor invisible sustenta el sistema: publican, comentan y moderan contenido, nutriendo algoritmos que extraen valor de cada clic. Slobodian amplía esta crítica al exponer cómo el capitalismo contemporáneo fragmenta fronteras y legisla a conveniencia corporativa: los Estados, debilitados, se pliegan a tratados que protegen a las multinacionales, no a las personas. La soberanía ya no reside en parlamentos, sino en servidores controlados por Silicon Valley.
Varoufakis alerta que este desplazamiento del poder —de lo público a lo privado— profundiza desigualdades estructurales, mientras Antonio Casilli desmonta el mito de la tecnologización neutral: tras cada algoritmo hay cuerpos explotados, desde conductores de Uber hasta mineros de tierras raras. La fe en la omnipotencia tecnológica, advierte, es un espejismo que oculta la continuidad del colonialismo bajo código binario. Así, la promesa de emancipación digital se revela como una trampa: cuanto más se cree en la autonomía de las máquinas, más se naturaliza un sistema donde los oligarcas dictan las reglas del juego, y el resto paga con datos y sudor.
Musk es el epítome de este tecnofeudalismo performativo. Su control de Twitter/X —plataforma que manipula narrativas globales— y sus fábricas de vehículos eléctricos —dependientes de litio sudamericano y cobalto congoleño— revelan un modelo basado en el extractivismo clásico, ahora disfrazado de verde. Mientras promueve colonias marcianas para élites, sus negocios terrestres drenan recursos hídricos y energéticos, privatizandolos en nombre del “progreso”. Para Varoufakis, esto no es capitalismo de vigilancia, sino un retorno a lógicas feudales: Musk actúa como un señor de la guerra digital, acaparando riqueza y poder mientras vende la ilusión de que la tecnología nos salvará… de todo menos de él.
¿Hacia un colapso democrático?El proyecto tecnosolucionista no es un mero plan empresarial: es una profecía autorrealizada donde las multinacionales erigen un feudalismo digital. Bajo la retórica de la innovación, acaparan recursos estratégicos —agua, litio, datos— y reducen a las poblaciones a engranajes de una maquinaria cuyo único fin es enriquecer a una oligarquía transnacional. La paradoja es perversa: mientras se celebra la “libertad” de tener un smartphone o un perfil en redes sociales, la soberanía se desvanece. Lo que queda no es democracia, sino un capitalismo mutante, fragmentado en jurisdicciones a medida y blindado contra toda rendición de cuentas. Aquí, el autoritarismo no lleva uniforme: se codifica en algoritmos y se disfraza de eficiencia.
Slobodian insiste: este no es el guión de una distopía futura, sino un presente en aceleración. La tecno-utopía de Musk —colonias en Marte, cerebros conectados a máquinas— funciona como cortina de humo para un saqueo sin precedentes. Mientras el Sur Global suministra mano de obra barata y minerales para baterías “verdes”, las élites repiten el libreto colonial con jerga de startup: extraer, explotar, externalizar. Hasta la crisis climática se convierte en negocio, con corporaciones patentando semillas resistentes a sequías o vendiendo créditos de carbono como absolución para los contaminadores. El progreso, en este marco, no es más que la coartada perfecta para un golpe de Estado corporativo en cámara lenta.
Frente a esto, la resistencia exige dos frentes: desenmascarar el mito tecnosolucionista y reclamar la tecnología como bien común. Como señalan Varoufakis y Casilli, esto implica auditar algoritmos, nacionalizar infraestructuras digitales críticas y prohibir la privatización de recursos naturales. No se trata de rechazar la innovación, sino de subordinarla a la justicia social. La disyuntiva es clara: o la tecnología se democratiza, o seremos testigos de un nuevo orden donde los oligarcas, desde bunkers climáticos y oficinas orbitales, gobiernen sobre un planeta exhausto. El tiempo de elegir no es mañana: es ahora.
[1] https://youtu.be/XIsloWGL-98