“¡VIVA LA LIBERTAD, CARAJO!”
Es impresionante cómo un eslogan de campaña electoral de un país extranjero logró atravesar fronteras, convirtiéndose en un mantra discursivo de identificación y posicionamiento ideológico. La consigna de Milei se bolivianizó como un símbolo de identidad individual, pertenencia grupal y diferenciación del otro. Sin embargo, el significado de la libertad varía según cada persona.
La libertad, en términos filosóficos, históricos, económicos, políticos, ideológicos y jurídicos en el continente americano, no es homogénea. Aún es un campo de disputas conceptuales, prácticas sociales, relatos históricos y expresiones culturales. Su concepción y desarrollo son complejos debido a su importancia orientadora en los anhelos colectivos e individuales.
En América, el concepto de libertad ha surgido de diversas luchas para subvertir el orden establecido. En estos procesos convergieron distintas perspectivas sobre un nuevo orden social que respondiera a expectativas específicas, generando paradigmas fundacionales de la libertad.
El significado de la libertad varía en función de las condiciones de vida personales y grupales, así como de las restricciones impuestas sobre la vida individual y colectiva. Es posible identificar distintos paradigmas de la libertad según la pertinencia étnica y las clases sociales que componían la estructura económica de la sociedad colonial en América:
- Indígenas originarios: propiedad y trabajo comunal, usos y costumbres.
- Africanos, africanas y afrodescendientes: abolición de la esclavitud.
- Población mestiza: acceso a los mismos derechos que la población criolla.
- Criollos (descendientes europeos): acceso a los mismos derechos que la población europea e independencia de la monarquía.
- Europeos residentes en América: conservación de privilegios monárquicos.
Cada uno de estos estratos contenía particularidades históricas, étnicas, culturales, económicas, sociales, políticas, ideológicas, lingüísticas y religiosas. Aunque esta estratificación se basa en la estructura del Imperio español, es válida para representar las sociedades coloniales de América en general. Las diferencias entre ellas radicaban en las relaciones sociales específicas dentro de cada dominio.
Por lo tanto, el significado de la libertad fue diferente y, en algunos casos, opuesto entre estratos. Para unos, la libertad implicaba emancipación; para otros, significaba mantener estructuras de dominación. Esto evidencia que la libertad es una construcción social derivada de la interacción de intereses de clase. La definición de sus alcances materiales y concretos se resolvió según la correlación de fuerzas, imponiéndose la concepción de los sectores vencedores y sus aliados.
El elemento cohesionador de la libertad en América fue el anhelo de independencia de los imperios coloniales europeos. Este objetivo unificó a distintos estratos sociales pese a sus contradicciones internas. La prioridad era derribar las instituciones coloniales y expulsar a los poderes monárquicos.
El primer imperio en perder sus dominios en América fue el británico, con la independencia de Estados Unidos, lo que inauguró la era de los Estados-nación y un nuevo orden civilizatorio basado en la institucionalidad republicana. La Revolución Francesa estalló trece años después, influyendo de manera determinante en Latinoamérica y en la concepción de la libertad en el continente.
Desde su origen, los “Padres Fundadores” de EE.UU. no compartían una concepción unificada de la libertad y los derechos humanos. Finalmente, se impuso una visión esclavista y excluyente, limitada a las personas de origen europeo. Para los estadounidenses, la libertad se redujo a la protección frente a la intervención estatal. Thierry Meyssan describe esta concepción de la siguiente manera: “Para los estadounidenses, la libertad era simplemente poder hacer lo que uno quiere en su patio” (Meyssan, Thierry, Red Voltaire, 28/01/2025). En pocas palabras, su noción de libertad se fundamentó en el individualismo, el esclavismo y la exclusión a indígenas y afrodescendientes, además, en la desconfianza al Estado.
En contraste, la Revolución Francesa concibió la libertad desde una doble perspectiva: individual y colectiva. Para los franceses, la participación ciudadana en la elaboración de leyes era más relevante que la protección contra el Estado. Además, abolieron la esclavitud, ampliando la concepción de los derechos humanos.
Cuando los países latinoamericanos se independizaron, optaron por el sistema presidencialista estadounidense, pero adoptaron el paradigma francés sobre la libertad y los derechos humanos. Esto estableció diferencias fundamentales con la tradición anglosajona.
Por ejemplo, los países latinoamericanos abolieron la esclavitud antes que EE.UU. y establecieron el voto universal antes que el país del norte. Además, mientras en EE.UU. el voto es indirecto, en Latinoamérica es directo. Esto refleja que la concepción de libertad en Latinoamérica es de carácter universal, articulando lo individual y lo colectivo como elementos complementarios.
Finalmente, Milei adopta una visión economicista de la libertad, reduciéndola a una prerrogativa burguesa. En su enfoque, la libertad se estratifica jerárquicamente, otorgando prioridad a la libertad de empresa y mercado por sobre la libertad política. Se asimila al individuo con la empresa capitalista, justificando la “libertad empresarial” en términos de libertad individual. Esta jerarquización queda evidenciada en las palabras del economista Friedrich Hayek, quien en una entrevista con El Mercurio de Chile (12/04/1981), afirmó: “Personalmente, prefiero un dictador liberal a un gobierno democrático que carece de liberalismo”.
Diego Hernán Moscoso Sanginés Uriarte es economista de la UAGRM