LA COP30 Y EL MITO DEL CRECIMIENTO VERDE: LOW-TECH Y ROBUSTEZ PARA UNA TRANSICIÓN MÁS JUSTA
La irrupción de manifestantes y representantes indígenas en la COP30 en Brasil, el 11 de noviembre de 2025, puso en evidencia una cruda realidad: esta cumbre climática, y quizás todas las anteriores, fracasaron antes de empezar. El mensaje era claro: para las poblaciones indígenas de todo el mundo, los efectos del cambio climático y sus derechos siguen siendo secundarios frente a intereses económicos, a menudo disfrazados de “desarrollo sostenible”, “energías verdes” o “preservación de la naturaleza”. Cuando las potencias globales, como Estados Unidos o las corporaciones que orbitan a su alrededor, se sienten amenazadas por otras, como China, solo priman sus intereses nacionales y geopolíticos, relegando la justicia climática a un segundo plano. La prioridad no es el planeta, sino sus esferas de influencia y sus tasas de retorno.
Históricamente, las COP han actuado como si bastara con decretar metas —como no superar los 1.5 °C de calentamiento— para que la naturaleza y la humanidad se alinearan obedientemente. Pero la crisis climática no se resuelve por mandato. Y hay, de hecho, un problema aún más esencial y urgente que precede a los impactos del clima: la cuestión energética. Nuestra civilización —desde sus infraestructuras y sistemas de transporte hasta su producción de alimentos y tecnologías— se erigió y se sostiene sobre los combustibles fósiles, cuya densidad energética es entre 30 y 100 veces mayor que la de las fuentes renovables actuales. No es casualidad: el petróleo, el gas y el carbón representan energía solar acumulada durante millones de años, el resultado de procesos geológicos que transformaron biomasa ancestral en depósitos de hidrocarburos. Durante siglo y medio, hemos vivido gastando esa herencia geológica como si fuera infinita.
En ese sentido, haber abordado el problema climático antes de comprender el energético fue un error de enfoque. La humanidad aspira a seguir creciendo, desarrollándose, expandiendo sus ciudades y economías; y para ello necesita energía abundante, densa y disponible. La paradoja es que esa energía —el petróleo y el gas natural— se agota. Aunque los recursos fósiles son vastos, su extracción se vuelve cada vez más costosa y compleja. Estados Unidos, por ejemplo, alcanzó su pico de producción de petróleo convencional en 1970, con unos 10 millones de barriles diarios, cifra que hoy apenas ronda los 4 millones en ese tipo de crudo. Su actual “auge energético” se debe al fracking, una técnica que extrae petróleo ligero de formaciones de esquisto, pero que no produce los derivados pesados esenciales para mover la maquinaria global: diésel y jet fuel. Esa es la razón detrás del renovado interés estadounidense en las vastas reservas de crudo pesado de Venezuela: sin diésel, el comercio mundial se detendría; sin barcos ni camiones, la globalización no se mueve.
Frente a este panorama, aparecieron las energías renovables como una alternativa prometedora. Sin embargo, solo solucionan una parte del problema. Si bien en su funcionamiento no emiten Gases de Efecto Invernadero (GEI), su fabricación depende en gran medida de los combustibles fósiles, generando GEI en el proceso. Además, desde que emergieron como posible solución en 1979, su contribución a la matriz energética global ha sido modesta: solo generan entre un 3% y un 5% de la energía total que la humanidad consume anualmente. Parece, por tanto, una quimera que puedan reemplazar a los combustibles fósiles, que aún representan alrededor del 80% del consumo energético mundial. Además, la llamada “transición verde” está generando una presión extractiva sin precedentes sobre minerales críticos —litio, cobre, cobalto, tierras raras— cuya obtención exige enormes cantidades de energía fósil y produce graves impactos socioambientales.
Es por eso que la transición energética no es primordialmente un problema climático; es, ante todo, un problema netamente energético y, por ende, económico y social. Sin energía, no hay economías modernas, ni bienestar social, y todo el sistema global colapsa. Por lo tanto, plantear una transición energética debe empezar por replantear nuestras bases sociales y concepciones de éxito, desarrollo y supervivencia. Esto implica afectar los intereses de los más ricos y precautelar la supervivencia digna de los más pobres, en busca de una mayor igualdad social. Requiere dejar de lado los sueños de grandeza y las alucinaciones de los megamillonarios, que quieren colonizar Marte o crear una raza de superhumanos, pensando que su rol es acelerar la evolución natural, mientras ignoran la crisis tangible en la Tierra.
En este contexto, he escrito el capítulo “¿Transición energética o regreso inevitable a un mundo más sobrio?” para el libro “Transición Energética en América Latina, Crisis Global. Perspectivas desde la Economía Política”, presentado el 7 de noviembre de 2025. Este libro, fruto de la colaboración entre el Instituto Internacional de Integración de la Organización Convenio Andrés Bello (III-CAB) y la Universidad de Puebla, analiza alternativas al modelo hegemónico social y energético predominante, que hasta ahora se basa en una transición verde falaz. Las ideas presentadas en mi capítulo se basan en nuevas visiones del mundo. Son “nuevas” en relación a la visión hegemónica de crecimiento económico infinito, pero “antiguas” en su forma de vida, enfocadas en el cuidado de las personas y de la naturaleza. No olvidemos que la humanidad ha existido durante 300,000 años sin combustibles fósiles y solo los ha utilizado masivamente durante los últimos 150 años, un brevísimo período que, si bien permitió un desarrollo abrumador y sin precedentes, no puede sostenerse indefinidamente.
La discusión sobre la transición energética no puede desvincularse del contexto geopolítico que hoy condiciona la acción climática global. Como demuestra el escenario de la COP30, el debate sobre el clima se encuentra atravesado por intereses económicos y disputas de poder. Por un lado, el lobby de los combustibles fósiles busca conservar su hegemonía; del otro, emergen propuestas que intentan redefinir el liderazgo climático mundial. En este tablero de fuerzas, la transición energética deja de ser una cuestión meramente técnica para revelarse como un campo de disputa entre modelos de desarrollo, soberanía y justicia global.
Esta discusión suele presentarse como una simple sustitución de combustibles fósiles por energías renovables. Sin embargo, esta visión reduccionista ignora las enormes cadenas de extracción, transformación, transporte y desechos que sostienen nuestro estilo de vida moderno. Paradójicamente, lejos de proponer un cambio de paradigma, la transición energética puede reproducir y profundizar el mismo modelo extractivista que la crisis climática busca superar.
Tomar conciencia de esto no es caer en el pesimismo, sino prepararnos para un futuro en el que queramos mantener dignidad y justicia social. Si no lo hacemos, el riesgo es claro: quienes controlen la energía restante también controlarán la organización social y económica, profundizando desigualdades y concentrando poder bajo nuevas formas de lo que ya se denomina tecno-feudalismo. Ejemplos concretos ilustran esta tendencia: hoy se plantea construir plantas nucleares dedicadas exclusivamente a alimentar centros de datos para inteligencia artificial y economías de vigilancia, mientras millones de personas carecen de acceso estable a agua potable o electricidad.
El dilema no es solo reducir emisiones, sino decidir quién asume los costos y quién conserva los beneficios. Las potencias y corporaciones no están dispuestas a perder ingresos, aún si éso compromete los objetivos climáticos. Por eso, una verdadera transición no puede reproducir las jerarquías del pasado: debe ser justa, redistributiva y consciente de los límites ecológicos. Más que una “revolución verde” guiada por el mercado, necesitamos un cambio civilizatorio, que repiense quién produce, quién consume y quién decide sobre la energía que sostiene nuestras vidas.
En el citado capítulo, propongo mirar hacia un enfoque low-tech, inspirado en las ideas de Philippe Bihouix. Las tecnologías low-tech no rechazan la innovación; la redirigen hacia la autonomía, la durabilidad y la simplicidad. Se basan en técnicas locales, reparables y accesibles, que consumen menos recursos y fortalecen la resiliencia de las comunidades. Hablamos de movilidad de baja energía, agroecología, baterías de materiales comunes, generación eléctrica descentralizada y diseños pensados para durar.
Contrario a lo que algunos piensan, las low-tech pueden ser incluso más “pro-tecnológicas” que las soluciones complejas: promueven continuidad y autosuficiencia frente a la vulnerabilidad de los sistemas hiper digitalizados. La falla del antivirus CrowdStrike en julio de 2024, que paralizó aeropuertos en todo el mundo, o la caída de Amazon Web Services en octubre de 2025, mostraron cuán frágil es nuestra civilización digital. La Robustez, concepto central que desarrollo en el texto —propuesto por Olivier Hamant— es precisamente la capacidad de resistir perturbaciones y sostener el funcionamiento a pesar de las crisis. No se trata de maximizar eficiencia, sino cultivar una adaptabilidad radical. Un sistema robusto combina lo técnico y lo social: cooperación territorial, redes vecinales, conocimiento comunitario y economías solidarias.
La transición energética no es simplemente un desafío tecnológico; es un desafío civilizatorio. Nos obliga a repensar qué entendemos por desarrollo, calidad de vida, éxito y progreso. América Latina posee recursos, saberes y experiencias históricas de resiliencia que pueden abrir caminos alternativos, al ser aplicados en el mundo entero, así como nutrirse de prácticas similares de otras regiones. Sin embargo, para ello es necesario abandonar la idea de que el futuro será necesariamente más tecnológico, más rápido o más abundante. Es posible que el futuro sea más sobrio. La clave es que también sea más justo, más humano y más solidario.
En la coyuntura actual tenemos una oportunidad histórica: tomar conciencia de esta problemática y replantear el tipo de transición que queremos. Podemos seguir apostando por un modelo extractivista disfrazado de verde, o avanzar hacia una transición que reconozca nuestras limitaciones, priorice el bienestar social y respete los límites planetarios. El problema nunca ha sido la falta de recursos —el mundo movilizó miles de millones para rescatar bancos en 2008, para sostener la economía durante la pandemia y ahora para financiar la carrera por la inteligencia artificial—, sino hacia dónde decidimos dirigirlos.
La transición energética ya está en marcha. La pregunta es cuál elegiremos: ¿una que perpetúe los privilegios de unos pocos, o una que nos permita construir sociedades robustas, low-tech y profundamente comunitarias, capaces de vivir bien dentro de los límites del planeta?
