CAPITALISMO DE LA FINITUD: CUANDO EL MUNDO SE ACABA Y LA DEUDA CRECE

Neoliberalismo, deuda, extractivismo y transición imposible en América Latina

Durante décadas, el discurso dominante presentó al capitalismo liberal como un juego de suma no cero: un sistema donde el intercambio, la competencia y el progreso tecnológico permitían que todos ganaran. El comercio internacional, la apertura de mercados y la innovación eran concebidos como motores de una prosperidad expansiva, supuestamente capaz de integrar a los países periféricos a un desarrollo compartido. Esta narrativa no solo estructuró el pensamiento económico hegemónico, sino que también legitimó un orden político y geopolítico basado en la promesa de crecimiento ilimitado.

Sin embargo, como advierte Arnaud Orain (especialista en historia económica y en economía política) en Un mundo confiscado (2025), esta visión se sostiene únicamente bajo una condición implícita: la existencia de un mundo materialmente abundante. Cuando esa condición desaparece, el sistema deja de funcionar como un juego de suma positiva y se transforma, progresivamente, en un juego de suma cero, donde la ganancia de unos implica necesariamente la pérdida de otros. Este giro no es ideológico, ni resultado de una mala gestión: es la consecuencia directa de la entrada del capitalismo en una era de límites físicos insoslayables.

Del ideal liberal, al neoliberalismo realmente existente

En un juego de suma no cero, la cooperación y el intercambio permiten ampliar el beneficio colectivo. En un juego de suma cero, en cambio, los actores compiten por apropiarse de un stock fijo de recursos. Orain utiliza esta distinción para explicar la brecha entre el ideal liberal y el neoliberalismo realmente existente.

El liberalismo clásico se apoyaba en la ilusión de que el crecimiento podría compensar las desigualdades y desactivar los conflictos. El neoliberalismo actual, en cambio, opera en un mundo percibido como finito. En este contexto, el mercado deja de ser un mecanismo de coordinación y se convierte en un instrumento de selección violenta. Cuando el mercado ya no puede garantizar ganancias, el conflicto armado reemplaza al intercambio comercial como forma de regulación.

Para América Latina, este desplazamiento no es abstracto. Significa que la región deja de ser “socia comercial” para convertirse, una vez más, en territorio de apropiación: de minerales, de petróleo, de agua y de biodiversidad. Sudamérica ocupa un lugar central en esta dinámica, no como beneficiaria de la transición energética global, sino como proveedor estratégico de insumos para sostener estilos de vida ajenos.

Neoliberalismo y deuda: una trampa conocida en el Sur

El discurso neoliberal insiste en que la deuda pública es consecuencia del despilfarro estatal. El economista Bruno Tinel desmonta esta falacia mostrando que, desde fines de los años setenta, el aumento estructural de la deuda es producto directo de las propias políticas neoliberales.

El shock monetario impulsado por Paul Volcker (el llamado shock Volcker) elevó las tasas de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos en 1979, por encima del crecimiento económico, generando un mecanismo automático de endeudamiento. A esto se sumaron reducciones de impuestos que beneficiaron a los sectores de mayores ingresos y una contención sistemática del gasto público, especialmente en inversión. Si bien lograron su objetivo de reducir la inflación creciente de los años 70, el resultado fue una economía anémica, con Estados debilitados y crecientemente dependientes del crédito.

En esta lógica de presión fiscal y dependencia externa, las cifras de deuda pública recientes subrayan la precariedad estructural a la que se ha llegado, tanto en países centrales como en los periféricos, que adoptaron medidas similares. En Estados Unidos, por ejemplo, la deuda pública supera el 120 % del PIB, una proporción que es comparable a las economías europeas más endeudadas (como Francia o España) y muy superior al promedio global de países emergentes. 

En Europa, Francia ronda un 116 % del PIB y España alrededor del 100 %, mientras que países como Alemania mantienen niveles más moderados. 

En América Latina, la situación es también significante, aunque heterogénea: Brasil presenta una deuda que ronda el 90 % del PIB, Argentina alrededor del 76 %, Colombia un 67 % y México casi el 60 %. Estas cifras reflejan no tanto un exceso de gasto público descontrolado, sino las consecuencias de depender de financiamiento externo en un sistema global con tasas de interés elevadas y crecimiento económico lento; el mismo sistema que, con políticas neoliberales, ha favorecido la deuda como instrumento de subordinación.

En este marco, Bolivia presenta una situación de endeudamiento que, en términos comparativos, sigue siendo moderada. La deuda pública total se sitúa actualmente en torno al 45 % del PIB, mientras que la deuda externa representa aproximadamente una cuarta parte de la producción nacional. Estas cifras están muy por debajo de los niveles observados en las economías centrales e incluso por debajo de países sudamericanos como Brasil o Argentina. Sin embargo, este margen relativo no debe inducir a falsas conclusiones: en una economía altamente dependiente de la exportación de recursos naturales y con crecientes restricciones externas de divisas, la deuda opera como un factor de presión estructural que refuerza la lógica extractivista y reduce el espacio de decisión soberana. 

La deuda externa no solo condiciona la política económica, sino que refuerza el patrón extractivista, obligando a los países productores de materias primas a exportar cada vez más recursos para obtener divisas. En Bolivia, la presión por monetizar el litio, el gas o el hierro del Mutún no puede separarse de esta lógica estructural de endeudamiento y dependencia.

La transición energética y la nueva ola extractiva

La crisis climática impone la necesidad de abandonar los combustibles fósiles. Sin embargo, como explica Aurore Stéphant (experta en geología minera), la llamada transición energética está lejos de ser una salida limpia o desmaterializada. Por el contrario, exige una expansión minera sin precedentes. Según Stéphant, se prevé que la demanda mundial de litio se multiplique 21 veces en comparación con los niveles actuales.

La electrificación masiva, principalmente el vehículo eléctrico y las energías renovables multiplicarán la demanda de litio, cobre, níquel y otros metales estratégicos. Esta dinámica se apoya en una paradoja fundamental: no hay minas sin energía, y no hay energía sin minas. La minería es intensiva en energía fósil, mientras que las tecnologías “verdes” dependen de grandes volúmenes de materiales extraídos.

Para países como Bolivia, Chile o Perú, esto significa una intensificación del extractivismo bajo un nuevo relato: el de la sostenibilidad. Pero el resultado es el mismo de siempre: territorios sacrificados, conflictos socioambientales y escaso control local sobre las cadenas de valor.

El “pico de todo” y el límite de la ilusión tecnológica

Philippe Bihouix (ingeniero industrial, especialista en recursos minerales y promotor de tecnologías Low-Tech) introduce el concepto del “pico de todo” para explicar que la abundancia material del siglo XX fue posible gracias a la energía fósil barata. Al declinar esta fuente, no solo enfrentamos el pico del petróleo, sino el límite de nuestra capacidad para extraer todos los demás recursos.

A medida que los minerales son menos concentrados y más profundos, se requiere más energía para obtenerlos. Esto nos conduce a un acantilado energético neto, donde la energía invertida se aproxima peligrosamente al beneficio obtenido. En ese escenario, la transición energética corre el riesgo de convertirse en un círculo absurdo: producir energía para producir metales para producir energía.

La digitalización, lejos de resolver este problema, lo agrava. Centros de datos gigantescos, inteligencia artificial y dispositivos electrónicos demandan enormes cantidades de energía, agua y materiales, con tasas de reciclaje mínimas. La fe en las soluciones tecnológicas lejos de desmaterializar la economía, la re-materializa.

El capitalismo de la finitud y el retorno del conflicto

Para Arnaud Orain, esta convergencia de límites energéticos, materiales y financieros marca el retorno del capitalismo de la finitud. En este régimen, el capitalismo deja de expandirse y se reorganiza en torno a la apropiación directa. El multilateralismo se debilita, el libre comercio retrocede y emergen bloques imperiales.

Surgen también las “compañías-Estado”, actores híbridos que controlan recursos, infraestructuras y territorios, muchas veces por encima de los propios Estados. En este contexto, la competencia deja de ser económica y se vuelve geopolítica. El mundo entra, de hecho, en un juego de suma cero.

Para América Latina, este escenario se traduce en una creciente presión externa, una militarización directa e indirecta y una progresiva pérdida de margen de maniobra soberana. Esta dinámica se volvió plenamente visible el 3 de enero de 2026, cuando el ejército estadounidense invadió el territorio venezolano bajo el argumento de “liberarlo” de la “narcodictadura” de Nicolás Maduro y restaurar la democracia. Sin embargo, más allá del discurso legitimador, el objetivo estratégico central fue el control de las mayores reservas de petróleo del planeta. En este contexto, resulta inevitable considerar que la disputa por el  triángulo del litio (reservas ubicadas en Argentina, Bolivia y Chile) podría convertirse en uno de los próximos objetivos geopolíticos, constituyéndose en un ejemplo elocuente de cómo la transición energética global reproduce, bajo nuevas narrativas, viejas y persistentes formas de dominación.

En el caso de Bolivia, donde hasta el momento no habría motivo, ni una narrativa que justifique una intervención militar directa, resulta fundamental observar con atención las decisiones adoptadas por el actual gobierno. En particular, aquellas que podrían facilitar la explotación intensiva de recursos naturales y humanos por parte de Estados Unidos u otros actores externos, al mismo tiempo que profundizarían el endeudamiento de la economía boliviana. En el contexto del capitalismo de la finitud, incluso niveles considerados “moderados” de deuda pueden transformarse en un poderoso mecanismo de subordinación si no están respaldados por una estrategia de transformación productiva y social de largo plazo, capaz de fortalecer la soberanía económica y reducir la dependencia estructural.

Sobriedad: una solución social, no tecnológica

Ante este panorama, la conclusión es clara: no existe una solución tecnológica capaz de resolver una crisis que es, ante todo, social y política. La sobriedad no es una elección ética individual, sino una necesidad material colectiva.

Reducir el consumo de energía y materiales implica, necesariamente, cuestionar el modelo de desarrollo vigente, reorganizar el territorio, replantear la movilidad, transformar los sistemas de producción y revisar los patrones alimentarios. Pero, por encima de todo, exige políticas de redistribución, planificación democrática y un fortalecimiento efectivo del Estado, capaz de sostener una inversión pública estratégica en infraestructura pensada para un escenario de petróleo cada vez más escaso. Así como el teleférico de La Paz ha demostrado su utilidad para ayudar a garantizar la movilidad urbana en contextos de huelgas, bloqueos o escasez de combustibles, una infraestructura ferroviaria moderna y extendida se volverá imprescindible para conectar pasajeros y mercancías a lo largo y ancho del país. Del mismo modo, será necesario anticipar y desarrollar otras infraestructuras clave que reduzcan la dependencia energética y material. 

Este proceso debe ir acompañado de políticas públicas orientadas a reeducar a la población en el uso de medios alternativos de transporte y producción, a limitar el uso de vehículos eléctricos pesados para fines individuales, y a fortalecer la conciencia social sobre la magnitud del problema, promoviendo una participación ciudadana informada, responsable y deliberada en la construcción de estas transformaciones.

En Bolivia y en América Latina, la sobriedad no puede significar más sacrificios para los de siempre. Debe traducirse en justicia social, control público de los recursos estratégicos y un proyecto regional que priorice el bienestar colectivo por encima de la imposición de medidas económicas orientadas a la subordinación regional en un capitalismo global en crisis.

El fracaso del neoliberalismo y la encrucijada civilizatoria

El neoliberalismo prometió un mundo de suma positiva y entregó deuda, escasez y conflicto. La transición energética, tal como está concebida, amenaza con profundizar el extractivismo en nombre de la sostenibilidad. El capitalismo de la finitud no es una anomalía: es la consecuencia lógica de haber ignorado los límites del planeta.

La pregunta ya no es cómo crecer más, sino cómo vivir mejor con menos, sin reproducir las lógicas de dominación y saqueo. En este escenario, la verdadera disputa no es solamente entre tipos de tecnologías, sino entre una reorganización social consciente o un futuro marcado por la depredación y los conflictos bélicos.


*Ingeniero de sistemas, especialista en energías renovables y medio ambiente.