EL MERCADO COMO DIOS: NEOLIBERALISMO Y EL FIN DE LA NATURALEZA

“Si el viejo liberalismo surgió para restringir el derecho divino de los reyes, el nuevo liberalismo surge para restringir el derecho divino de los parlamentos.” — Herbert Spencer

La sentencia de Herbert Spencer —naturalista, filósofo, sociólogo, psicólogo y antropólogo del siglo XIX, precursor del libertarismo, padre del darwinismo social y férreo defensor del laissez-faire—, recuperada en los análisis contemporáneos sobre el neoliberalismo, no es una simple curiosidad histórica ni una frase provocadora aislada. Constituye una clave interpretativa central para comprender el marco ideológico que, desde la década de 1970, ha reconfigurado de manera profunda y persistente la relación entre Estado, sociedad y naturaleza. Bajo este paradigma, la política democrática ha sido progresivamente subordinada al mercado, mientras que los ecosistemas han sido reducidos a insumos, activos financieros o “externalidades” prescindibles.

Esta mutación no ha sido neutra. Al restringir el llamado “derecho divino de los parlamentos”, el neoliberalismo ha erosionado la capacidad colectiva de regular la acumulación, de proteger los territorios y de sostener formas de vida compatibles con los límites biofísicos del planeta. En ese contexto, los denominados desastres “naturales” dejan de ser eventos fortuitos o inevitables para convertirse, cada vez más, en expresiones materiales de decisiones políticas, arreglos institucionales y modelos económicos que han roto los equilibrios entre sociedad y naturaleza.

Hoy, cuando organismos internacionales como la ONU advierten sobre la intensificación simultánea de sequías prolongadas, inundaciones catastróficas, olas de calor y crisis alimentarias, la pregunta que se impone no es únicamente climática ni técnica. Es, ante todo, política y civilizatoria: ¿quién transformó los ciclos naturales en amenazas sistémicas?, ¿bajo qué régimen de acumulación se volvió normal sacrificar territorios, comunidades y ecosistemas en nombre del crecimiento?, y, sobre todo, ¿es posible imaginar una salida que no profundice esta espiral de devastación?

En este marco, emerge con fuerza una discusión que el neoliberalismo ha intentado clausurar: la necesidad de abandonar el imperativo del crecimiento económico ilimitado como principio organizador de la vida social. Frente a un modelo que produce riqueza concentrada y vulnerabilidad generalizada, el decrecimiento se perfila no como una renuncia al bienestar, sino como una opción política y ecológica orientada a recomponer la relación entre economía, democracia y naturaleza. Pensar los desastres no como fatalidades, sino como síntomas de un sistema agotado, abre así el camino para discutir alternativas que prioricen la vida —humana y no humana— por encima de la acumulación sin límites.

La máquina neoliberal: Un proyecto autoritario de mercado

El neoliberalismo, lejos de ser una simple política económica, constituye un proyecto político e ideológico integral, caracterizado por la instrumentalización del Estado al servicio de la expansión del capital. Su lógica opera en dos momentos complementarios: en primer lugar, un uso autoritario del poder estatal para imponer las condiciones del mercado —privatizaciones, desregulación y liberalización—; en segundo lugar, el desmantelamiento estratégico de ese mismo Estado para facilitar la “financiarización” de la economía y la acumulación ilimitada de riqueza en manos de grandes corporaciones y sus accionistas, ya millonarios o “megamillonarios”.

El objetivo final, como advirtió con claridad Herbert Spencer, es restringir la soberanía democrática —el “derecho divino de los parlamentos”— para transferirla a la supuesta “mano invisible” del mercado. En este proceso, la naturaleza deja de ser concebida como un bien común o como un sistema complejo dotado de valor intrínseco, y pasa a ser tratada como un activo económico, una simple “externalidad” o incluso un obstáculo para la rentabilidad y la acumulación de capital.

Esta lógica está hoy presente en debates concretos sobre la gestión de la tierra en Bolivia: por ejemplo, el pronunciamiento institucional de la Fundación TIERRA, el 28 de enero de 2026, denuncia que el Proyecto de Ley N° 157/2023-2024 (elaborado durante el gobierno de Luis Arce y que apunta a ser aprobado en el gobierno de Rodrigo Paz, con serias modificaciones que permitirán la expansión urbana especulativa y la acumulación de tierras por parte de la agroindustria, como en Paraguay), busca autorizar al Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) la conversión voluntaria de la pequeña propiedad agraria en mediana o empresarial, constituyendo así una renuncia del Estado a su obligación de regular y fiscalizar la tenencia de la tierra y debilitando la seguridad jurídica y la función social de la tierra como derecho y espacio de vida comunitaria. Este pronunciamiento sostiene que la conversión administrativa rápida —con trámite de simple solicitud y declaración jurada aprobada en 10 días— contradice el marco técnico y constitucional vigente, facilitando la concentración de la tierra y la especulación inmobiliaria y agroindustrial en detrimento de la seguridad alimentaria y del sustento familiar campesino.

¿Desastres “naturales” o fallas estructurales del Sistema?

La crisis ecológica global es presentada a menudo como una fatalidad, un castigo “natural”. Sin embargo, un análisis más riguroso desmonta esta narrativa. La devastación ambiental no es una ley estructural del capitalismo, sino el resultado histórico de una forma específica de desarrollo, agudizada de manera exponencial durante su fase neoliberal.

El modelo ha generado una convergencia de crisis —climática, hídrica y de biodiversidad— que interactúan entre sí y se potencian mutuamente, superando los límites planetarios. Los llamados “desastres naturales” son, en realidad, la materialización de esta convergencia en territorios vulnerabilizados por décadas de saqueo. América Latina constituye el laboratorio más evidente de este proceso: el neoextractivismo —la apropiación masiva de recursos con mínimo procesamiento para la exportación— ha expandido sus fronteras incluso bajo gobiernos progresistas, amparándose en el discurso del “desarrollo” o, más recientemente, de la “transición verde”.

Desde esta perspectiva crítica, el pensador Aurélien Barrau indica que estamos adoctrinados a pensar que nuestro mundo no puede organizarse de una manera diferente a la que hoy conocemos, y que la crisis ecológica debe entenderse como una crisis civilizatoria de carácter sistémico. No se trata de una consecuencia aislada de emisiones o fenómenos puntuales, sino de la expresión de una relación social con la naturaleza profundamente depredadora. Barrau, físico y filósofo, ha señalado que esta crisis es en gran medida el resultado de una cultura y de un sistema de valores que priorizan el crecimiento material ilimitado y la acumulación por encima de la preservación de las condiciones de habitabilidad del planeta, y que ignorar los límites biofísicos y éticos conduce —no a catastrofismos imaginarios— sino a realidades ya visibles de mortalidad, degradación de ecosistemas y desplazamientos forzados.

El Sur Global: Proveedor de materias primas y sacrificio ambiental

La dinámica es global y profundamente desigual. Los países del Sur Global, ricos en recursos naturales, son relegados al papel de proveedores de materias primas para sostener la producción y el consumo del Norte. Esta lógica, lejos de promover su desarrollo, los empobrece y los vuelve más vulnerables. Como señaló Alberto Acosta (ex ministro de energía de Ecuador): “los países latinoamericanos son pobres porque son ricos en recursos naturales”.

Las materias primas extraídas —cobre chileno, plata mexicana, litio boliviano— alimentan las cadenas globales de producción (mayormente relocalizadas en China) y, sobre todo, los mercados financieros especulativos, donde se comercia con futuros y proyecciones de “commodities”. Mientras las multinacionales concentran capital y poder, los territorios de origen acumulan conflictos socioambientales, desplazamientos forzados y degradación ecológica. Los informes de la ONU para 2026 advierten, precisamente, que la combinación de crisis climática, inseguridad alimentaria y desigualdad está generando nuevas oleadas de desplazamiento y pobreza extrema, concentradas en las regiones más explotadas del planeta.

Decrecimiento: No es austeridad, es soberanía

Frente a esta maquinaria depredadora, las soluciones meramente técnicas o los llamados “parches verdes” resultan claramente insuficientes. El decrecimiento, lejos de ser una propuesta de miseria o de retroceso, emerge como una vía coherente para desmontar la lógica del crecimiento ilimitado que sostiene al neoliberalismo extractivista.

Como explican Carlos Taibo y otros pensadores del decrecimiento, se trata de:

Reducir drásticamente los sectores social y ambientalmente más dañinos (megaminería, agronegocio, publicidad, industria militar).

Fortalecer los sectores orientados a satisfacer necesidades reales: agricultura ecológica, energías renovables descentralizadas y economía del cuidado.

Repartir el trabajo y reducir la jornada laboral, recuperando tiempo para la vida social, el ocio creativo y la comunidad.

Priorizar lo local, la autogestión y la democracia directa frente a la lógica globalizadora y deslocalizadora.

El decrecimiento propone un cambio profundo de paradigma: pasar de la competencia a la cooperación, del consumismo a la sobriedad voluntaria y de la acumulación de capital a la acumulación de tiempo y bienestar. La anécdota que relata Taibo sobre los pueblos originarios de la Amazonía resulta elocuente: al disponer de mejores herramientas, no cortaron diez veces más leña, sino que ganaron diez veces más tiempo libre para dedicarlo a aquello que realmente importa. La eficiencia puesta al servicio de la vida, y no del mercado.

Hacia una transición justa: Caminos de salida

La disyuntiva histórica que enfrentamos, como señalan diversos análisis, es clara: o profundizamos la degradación civilizatoria hacia una forma de “darwinismo social militarizado”, o emprendemos una transición radical. Para ello, resulta imprescindible:

Una salida urgente del neoliberalismo: desmontar su arquitectura legal e institucional, que mercantiliza la vida y restringe la democracia. La negativa a suscribir acuerdos como el de Escazú —el primer acuerdo regional vinculante en materia ambiental de América Latina y el Caribe— por parte de Chile constituye un ejemplo de lo que no debe hacerse. Cabe recordar que Chile impulsó y lideró inicialmente el Acuerdo de Escazú en 2018, pero durante el gobierno de Sebastián Piñera decidió no firmarlo en 2020, alegando supuestas “ambigüedades” normativas y eventuales conflictos con la legislación interna. Esta postura fue revertida en mayo de 2022, cuando el Senado aprobó finalmente la adhesión bajo el gobierno de Gabriel Boric.

Reorientar el Estado: lejos de actuar como brazo ejecutor del capital, el Estado debe convertirse en garante de los derechos colectivos y ambientales, fortaleciendo la institucionalidad pública y la protección de quienes defienden los territorios.

Empoderamiento político y democracia radical: crear espacios horizontales de decisión donde las comunidades definan el destino de sus territorios, priorizando la valoración intrínseca de la naturaleza. 

Adoptar la ética del decrecimiento: cuestionar el fetichismo del crecimiento, reducir el consumo superfluo en las sociedades opulentas y construir resiliencia local. Como muestran diversos documentos, estos valores hunden sus raíces en el movimiento obrero, la economía del cuidado y la divulgación de la conciencia holocéntrica de los pueblos originarios.

Restringir el “Derecho Divino” del mercado

Herbert Spencer identificó con lucidez el núcleo del proyecto neoliberal: despojar a la política de su poder para entregárselo al mercado. Hoy, ese proyecto ha dado lugar a un mundo en el que los desastres ecológicos no son anomalías, sino síntomas de un sistema que sacrifica el presente y el futuro en el altar de la acumulación.

La tarea histórica que se impone es restringir el “Derecho Divino” del mercado y de las corporaciones. El decrecimiento no es una utopía, sino un camino pragmático para lograrlo: vivir mejor con menos, para que todos —humanos y no humanos— podamos vivir. Nos aguarda una “Edad de Oro” de emancipación o un colapso militarizado. La elección, en gran medida, aún está en nuestras manos. Pero el tiempo, como los recursos del planeta, no es infinito.