EL PRECIO DE LA “COMODIDAD” MODERNA: ¿CUÁL ES EL IMPACTO AMBIENTAL Y SOCIAL DE LAS TECNOLOGÍAS DIGITALES?

La descarga y uso de aplicaciones se han vuelto actividades tan habituales y accesibles en nuestra vida diaria que a menudo subestimamos la complejidad y las implicaciones inherentes a su desarrollo y operación. La conveniencia de pedir comida a domicilio, evitando así cocinar o ir a un restaurante, y recibirla en envases desechables que nos eximen de lavar platos y utensilios, se suma a la comodidad de utilizar electrodomésticos inteligentes, como aspiradoras que operan por sí solas, o encender las luces y ajustar la temperatura del agua con simples comandos de voz. Estas prácticas, cada vez más extendidas, ocultan tras de sí un considerable esfuerzo y una amplia gama de recursos invertidos para hacerlas posibles.

Detrás de cada aplicación hay miles de horas dedicadas a la programación, pruebas y correcciones. Este proceso involucra un amplio espectro de recursos: computadoras de desarrollo, servidores, centros de almacenamiento de datos y un equipo diverso de profesionales como programadores, ingenieros e informáticos.

 

También participan millones de “trabajadores del click”: personas empleadas en el sector de la economía digital que realizan tareas basadas en micro trabajos o trabajos fragmentados, generalmente a través de plataformas en línea. Estos trabajos suelen caracterizarse por ser de baja remuneración, altamente repetitivos y con poca o ninguna seguridad laboral.

La producción de las aplicaciones y el funcionamiento de los sistemas tecnológicos requieren cantidades masivas de materias primas. Esto incluye petróleo para la fabricación de plásticos, silicio para microchips y una variedad de metales como cobre, oro, aluminio; así como tierras raras. Estas últimas, a pesar de que el nombre sugiere escasez, son bastante abundantes en la corteza terrestre, pero raramente se encuentran en concentraciones económicamente rentables para su extracción y procesamiento.

Particularmente la extracción de cobalto, un metal valioso utilizado especialmente en baterías recargables para teléfonos móviles, computadoras portátiles y vehículos eléctricos, tiene múltiples implicaciones. En el caso de la República Democrática del Congo (RDC), que produce una gran parte del cobalto del mundo, existen preocupaciones significativas sobre las condiciones laborales, incluyendo el trabajo infantil y la explotación laboral. Las comunidades locales a menudo sufren debido a la falta de inversión en infraestructura y servicios básicos, a pesar de la riqueza generada por las industrias tecnológicas y mineras.

Otro aspecto fundamental es la energía necesaria para sostener el mundo tecnológico, desde la producción de insumos hasta su operación continua. “Se estima que OpenAI, la empresa que creó el famoso chatbot (ChatGPT), necesitó más de 78 mil kWh de electricidad para entrenar el modelo ChatGPT-3: un volumen de energía comparable al que consume una vivienda media en España durante 23 años[1]. A pesar de los avances en energías renovables, la mayoría de la energía utilizada en el mundo (un 80%) todavía proviene de fuentes fósiles como el petróleo y el gas natural, necesarios para la extracción de recursos minerales, fabricación de componentes y su transporte. La electricidad, aunque generada también por centrales hidroeléctricas, nucleares y térmicas, aún depende en gran medida de los combustibles fósiles.

La creciente demanda de materias primas para la transformación digital y la transición energética está llevando las capacidades de extracción y producción de la Tierra a sus límites, poniendo en riesgo la sustentabilidad de los recursos renovables y agotando los no renovables.

Esta expansión tecnológica y la comodidad que ofrece han generado un estado de complacencia, donde la adquisición de la última tecnología a menudo eclipsa la conciencia sobre sus efectos negativos y sus implicaciones. Se cree además que la tecnología resolverá la mayoría de los problemas. Se ha creado un “tecnosolucionismo” ilusorio, que ignora el hecho de que la implementación de estas soluciones tecnológicas requiere una gran cantidad de recursos humanos y materiales, independientemente del régimen político o las políticas económicas, su impacto es global, ya que los recursos naturales son finitos.

Un punto crítico a considerar es el futuro de recursos como el petróleo y algunos metales que, aunque en la actualidad sean abundantes, podrán volverse escasos. Por ejemplo, los vehículos eléctricos, aunque prometedores, requieren tres veces más cobre que los vehículos convencionales, y el litio disponible globalmente podría no ser suficiente para sostener una transición completa de los vehículos térmicos a eléctricos. ¿Qué sucederá con el “tecnosolucionismo” cuando estos recursos naturales se agoten?

 

Países como Bolivia y muchos otros enfrentan el desafío de agotar sus recursos naturales, energéticos y no renovables, sin alternativas sostenibles a la vista. Dado que sus economías dependen de la explotación de estos y no han desarrollado otras opciones de generar fuentes de ingresos. Es así que, se ven forzados a seguir extrayendo todos los recursos que tengan disponibles, poniendo en riesgo su sustentabilidad ecológica, depredando áreas protegidas y amenazando la subsistencia de pueblos originarios y especies en vías de extinción.

Esta situación podría ser una oportunidad para reconsiderar nuestras nociones de éxito y desarrollo. Es hora de desviarse del camino del insaciable beneficio individual, la competencia desenfrenada y el consumismo excesivo, hacia alternativas más inclusivas, sostenibles y liberadoras para los seres humanos, quienes actualmente, como usuarios, somos una pieza más de consumo en la maquinaria omnipresente de la tecnología digital y la comercialización de datos.

*Ingeniero de sistemas, con maestrías en Telecomunicaciones y en Energías Renovables

[1] https://www.endesa.com/es/la-cara-e/eficiencia-energetica/cuanta-energia-consume-chatgpt